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Hablando de herencias musicales, y el querreque de Marcelino Tovar

Muchas lecciones nos deja la reciente desaparición de una figura como Juan Manuel Quistián, el Rey del Wepa, entre ellas y quizá la más sorprendente el arrastre popular y la movilización ciudadana que se organizó para despedirlo de manera espontánea donde sus seguidores se contaron por miles.

 

En el imaginario colectivo la simpatía que generó con su música sonidera, herencia de su padre fundador del Kiss Sound es, guardando las debidas proporciones tan importante como la herencia musical que nos dejó Marcelino Tovar Huerta, el inolvidable Negro Marcelino, un huapanguero enamorado de la huasteca potosina, que sin ser oriundo de ella, le cantó como nadie y fue un innato embajador musical y turístico que dio a conocer este paraíso natural en todo el país y el extranjero.

 

Gracias a su nieto Francisco Antonio Tovar Martínez las buenas charlas y los buenos tragos pudimos armar esta reseña del compositor del Ranchero enamorado y el Morral, huapangos que se tocan en toda celebración.

 

Nacido en Ciudad del Maíz, en el barrio del Orégano, es decir un auténtico pame, sufrió en carne propia los sinsabores de la pobreza que afrontaba con su ágil, peculiar e ingeniosa manera de versar que aprendió de manera autodidacta sin estudios previos sólo como diría nuestro inolvidable Dr. Barbaján siendo un auténtico perro de calle.

 

Bohemio a morir, cultivó más amistades que pesos, como suelen ser las historias de la gente desprendida y con talento como el célebre huapango del Querreque lo mismo era amigo del pobre que del rico, cultivó admiración y reconocimiento de políticos encumbrados, baste decir que desplegó su arte para presidentes desde Miguel Alemán hasta López Portillo.

 

Moreno, de complexión robusta, en su primer adolescencia allá cuando era pastor de cabras hizo su primera guitarra con quiote de maguey, de una sola pieza, la ahuecó a puro cuchillo y las cuerdas las hizo de fibra de penca de maguey, torcidas unas más delgadas que otras hasta completar cinco y formar su quinta huapanguera.

 

El campo abierto le daba toda la inspiración que necesitaba, notas, acordes, sueños y fantasías que iba entretejiendo para sus primeras composiciones. Tenía dieciséis años cuando llegó a Ciudad Valles y ahí se quedó, se convirtió en el trabajador más célebre de un hotel llamado El Colonial al que llegaban gringos en el auge del turismo carretero allá por los cuarentas a quienes alegraba con sus sones después de las faenas diarias como jardinero, mesero, lavaplatos, velador y hasta albañil.

 

Con el tiempo y un ganchito como dicen, y el impulso de Paco Martínez de la Vega, un gobernador potosino que sí le entendía al tema cultural, lo mandó a que representara al estado potosino en importantes eventos folclóricos por todo el país, lo que le permitió llegar a la XEW en la Ciudad de México, ya con un estilo propio, y desde ahí los contratos y las giras eran frecuentes.

 

En 1963 la disquera Peerles le graba su primer disco “Huasteca linda” ya como El Negro Marcelino y sus huastecos, Heliodoro Copado y Tomás Tovar para completar el trío con jarana y violín.

 

Con ese primer disco bajo el brazo, tocando en todas las radiodifusoras del país, se dedicó a impulsar grupos de baile huasteco en las escuelas organizando importantes concursos, dándole a este género musical la importancia que merecía.

 

Para su segunda producción “Amanecer huasteco”, ya aparecía en varios programas de televisión, lo mismo hacia arreglos para una película de tema campirano, que grababa comerciales para Carta Blanca, la cerveza de moda, su música había traspasado fronteras, los sones huastecos se escuchaban lo mismo en Estados Unidos que todo Sudamérica.

 

Para 1980 ya su salud resentía el trajín de la cantada, al estar hospitalizado toco, bailó y cantó para el cuerpo de médicos y enfermeras como si conociera su destino:

“Huasteca linda nunca te podré olvidar,
Si nací con tu querencia y viví por tu cantar
Y le suma el querreque ,
Cuando la muerte se inclina,
A llevarse a los mortales,
Cuando la muerte se inclina,
No vale la medicina, ni vidas artificiales,
Ni los caldos de gallina con todos sus materiales…”

 

El 6 de marzo de 1981 calló la quinta huapanguera y el verso del Negro Marcelino, pero su herencia quedó en la gente que cuando tiene sus ídolos los guarda en el corazón, los retiene para siempre y los hace inmortales…