Antes de que me muera o de que esta ciudad que me afinca sea irreconocible, me gustaría contarles algunos cuentos…
Vivíamos en la primera cuadra de la calle de la Esperanza y las malas lenguas de esta historia dicen que, en cuanto notaba el cielo nublado, mi lloriqueo era constante e insoportable.
Mi papá inventó una estrategia para acabar con el chirrido, mandó comprar una sillita de madera, misma que era colocada en las tardes de lluvia a la vera de la puerta, él se encargó de que viera el desfile de soldados, las bailarinas de faldas vaporosas que pasaban raudas en la corriente, como cambiaba el color de la cantera conforme el agua la iba lavando, las manchas que se formaban en la pared amarillenta de la casa de enfrente, también hizo barquitos de papel que se fueron a pique… todo porque no podía salir a mis correrías vespertinas en la cercana Alameda.

En los días de cielo raso doña Chepa era la encargada de llevarme y era una delicia pues, mientras ella se sentaba a platicar en los troncos que bordeaban los jardines con una amiga que vendía pepitas, me dejaba en libertad de recorrer aquel paraíso encantado.

Ser chiquito tiene muchas ventajas, pues uno investiga el mundo como si trajera una lupa integrada, adoraba la tierra roja que marcaba las veredas, las vetas del monumento del Padre de la Patria, las bolas de metal brillante que remataban el barandal que rodea la columna, las bancas que simulaban troncos cortados, el puente que llevaba al kiosco, la alberca de mosaicos de colores en la que había pececitos saltarines, los leones de piedra, la estatua verde de pátina de la aguadora, el mundo de mosaico, los patos en el lago, el faro, en fin, todos los tesoros que volvían a la Alameda mi paseo predilecto.

No crean que faltaba a mis obligaciones, de vez en cuando me acordaba de dar una vuelta por donde se hubiera quedado doña Chepa, ella me premiaba dándome unas cuantas pepitas peladas y volvía a la plática sin remordimientos, yo me largaba a hacer mis exploraciones sin el menor temor de las amenazas veladas de mi abuela quien, todas las veces que salíamos a nuestra excursión decía:
– Tengan cuidado de las húngaras ¡no se vayan a robar a la niña!
¡Qué húngaras ni que húngaras! decía doña Chepa por lo bajito y nos lanzábamos a disfrutar de una tarde dorada.







Por: ICCM










