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El espía alemán

Autor: Dr. Barbahan

Abominación y puterío
puterío y abominación.
William Faulkner

De la cantina

Pocos días después de la caída del muro de Berlin, esto fue a finales del ochenta y nueve, un domingo, a la hora de la botana, me encaminaba con rumbo al Chivas, el bar que está en la calle de Bolívar esquina con Ocampo, justo en el centro histórico de San Luis Potosí; iba en busca de un par de cervezas, un buen caldo de espinazo, con un montón de tortillas y unos chiles serranos, chiles de amor. Necesitaba curármela, la noche anterior había sido desenfrenada, una cruda de diez grados Ritcher o, si lo prefieren, de doce en la escala de Mercalli, me acompañaba.

 

Era el único sobreviviente de mi propio terremoto con su respectivo tsunami; me hubiera gustado tanto que se activara el plan nacional DN-III del ejército mexicano para desastres nacionales, en mi persona, ahora que salga de ésta, si sobrevivo, «le voy a proponer al gobierno federal un plan DN-III para desastres personales; si México hiciera esto, se catapultaría a los primeros lugares de los derechos humanos, en el plano internacional, seríamos la envidia de Suecia y todos esos países avanzados. —¿Estoy hablando a la MARINA o a la SEDENA? mándenme una ambulancia militar, soy un caso DN-III particular, con un servicio de vodka y un menudo bien caliente—, chingón.

Con cada paso, los adoquines de esas calles de antaño de San Luis retumbaban en mi cerebro, el sol frío de mediados del otoño, realmente me sentaba mal. Era como esos náufragos que divisan a lo lejos una playa y poco a poco se van acercando a ella. Y a propósito cuentan los letrados en conducta humana: —No hay alegría más grande sobre la faz de la tierra que cuando dos náufragos se encuentran en la inmensidad de los océanos— el bar Chivas a esa hora y en domingo, pululaba de ellos.

Entré al bar estaba en penumbras y atestado de parroquianos, la luz en las paredes cambiaba de intensidad y de colores, en acuerdo tácito como cambiaban las pantallas de los televisores encendidos. No había mesas disponibles, encontré un lugar en la barra, me senté en uno de los bancos y, como por encanto, apareció ante mí una indio, bien fría, con muchas perlas de agua por fuera de la botella; le di un trago grande, le llegué a un poco más de la mitad, como que la cosa empezó a funcionar.

Luego, me fijé en una de las televisiones: el América le iba ganando al Guadalajara; a mi me vale quien gane, siempre y cuando el América pierda. Ese equipo representa, para mi, la pendejez del mexicano, «no importa cuan pendejo seas, con lana se hace». Mientras tomaba mis cervezas, con lo caliente y picoso del caldo comencé a sudar, dejé de temblar y, aunque ya llevaba muchos años de ateo, volví a creer en Dios; por un instante me sentí
en comunión con el cielo, algo así como el hijo pródigo, la cruda iba desapareciendo. Me acordé de las oraciones de mi madre: «hijo cuando estés crudo, reza está oración a Jesus Sacramentísimo: Jesús, Jesús, Jesús tu que padeciste en la santa cruz, hazme más llevadera esta postborrachera, rézala, hijo, con tres cervezas bien heladas y un caldo bien caliente y picoso; cuando empieces a sudar, verás lo milagrosa que es esta oración, entonces te has de acordar de mí», —mi madre.

—¡¡Goool, goool!! —gritó el de al lado, un completo desconocido. El América le acababa de meter el tercer gol al Guadalajara, el marcador era ¡tres a cero! Todos los parroquianos se le quedaron mirando con un odio infinito, y unas ganas enormes de partirle toda la madre.

—Nada más a este americanista pendejo se le ocurre venir aquí al Chivas, a ver el clásico; a ver si no lo matan —pensé.

Estaba feliz, eufórico, trataba de hacerle plática al cantinero y a los demás parroquianos, pero el cantinero no lo pelaba y los parroquianos menos; luego volteo, se fijó en mi, comenzó a hacerme plática.

—Ahora, los madreados vamos a ser exactamente dos—me dije, pensé en mandarlo a la chingada, simplemente ignorarlo, como el cantinero había hecho, pero no lo hice, no supe por qué, bueno, en ese instante, ahora si sé por qué. Él ya estaba un poco pedo, tenía ganas de hablar, traía algo atorado, algo dentro de él denotaba angustia, y esa angustia la quería sacar, agarrándose a chingadazos con los parroquianos, o con lo que fuera.

Era nada menos ni nada más que Uwe Bruker un miembro del servicio secreto de Alemania del Este, recíen desempleado. Tenía buen aspecto y como treinta y cinco años, su vestimenta era normal: una camisa de marca y unos jeans; salvo su escaso pelo rubio y sus ojos azules, parecía un vulgar chilango más; su acento era perfecto. Uno de sus tantos alias latinos era José Rocha González, al menos eso dijo. Dominaba siete idiomas a
la perfección, hablaba el español como veracruzano, argentino, cubano, etcétera. En su juventud trabajó por algún tiempo en los restaurantes de la Zona Rosa del Defe, como mesero.

Por fin terminó el partido de fútbol, con una contundente victoria del América sobre el Guadalajara, y esto tenía feliz al alemán. Algunos parroquianos encabronados abandonaron el Chivas, no sin antes echarnos unas miradas de pocos amigos. Nosotros nos cambiamos de la barra a una mesa en la penumbra, y ahí Uwe Bruker, sin que nadie nos molestara y sin que nadie se lo pidiera, comenzó su relato:

—Mira —dijo con su perfecto acento chilango— a nosotros, al comienzo de nuestras carreras de espías, nos mandaban a México a los restaurantes del Defe, porque nuestra comandancia general aseguraba, por aquellos tiempos, que los meseros chilangos eran de los pocos individuos en el mundo capaces de separar la mente del corazón, —te da risa y no te culpo—, eso te parece muy fácil, porque tu eres mexicano, pero para nosotros los
europeos es muy difícil, y sólo los buenos espías y todos, o casi todos los meseros chilangos, poseen esa extraña cualidad; los rusos, con una escuela castrante, de disciplina hasta el extremo, también pueden, aunque con muchas dificultades, pero los meseros chilangos son los mejores para esto. La mayoría de los reclutas fracasaba en el intento, muy pocos alcanzaban esa meta y si así era, entonces nos contrataban para el servicio secreto de Alemania del Este, un cuerpo de élite muy estricto.

Después de México, estuve en toda Latinoamérica: a Cuba fui muchas veces. En mis viajes conocí casi todo el mundo, Rusia, China. . . , siempre tratando de contrarrestar a la CIA y a la Interpol. Trabajé mucho para mi País, en cientos de misiones; nunca, aunque no me lo creas, me importó arriesgar la vida, lo hice muchas veces, y lo seguiría haciendo. También soy experto en armas, granadas, misiles, tanques, morteros, bueno hasta sé algo de armas nucleares; sé volar un Mig. Mi arma preferida es la AK 47, el cuerno de chivo, así le dicen ustedes, es el mejor rifle de asalto del mundo, ese ruso
Kalashnikov, era un chingón, una verguita andando; pero ya ves cómo están las cosas ahora, la unificación de las Alemanias, tu lo viste en la televisión «la caída del muro de Berlin», puras mamadas, bueno esto me partió toda la madre, aunque no lo creas. Si vieras, ahora el mundo se me hace tan diferente, de tres días para acá ya no tengo patria, toda una vida educado para una cosa y, de repente, ¡te quedas sin nada! No tiene caso guardar tantos secretos, ¿para qué tanto adoctrinamiento, adiestramiento? ¿para qué todo eso? A ver, dime tu, ¿para que chingaos? Nada más falta que me agarre la pinche CIA y, entonces sí, hasta maldeciré el haber nacido.

La unificación de las Alemanias, —esa mamada como el decía—, lo tenía impactado de sobremanera, a lo mejor por esto se quería partir la madre con los parroquianos. Si a mí me hubiera pasado algo así, estaría igual de jodido que él, pero eso es imposible, porque yo soy un simple profesor de matemáticas y física elementales de la Autónoma.

—Está bien, es cierto —dije— las Alemanias se unificaron, pero tampoco se acabó el mundo, para alguien como tú bien preparado; no debe haber problema en
volver a acomodarte por ahí. Oye, ¿por qué no te vas a Rusia, China, o qué sé yo? Supe por los periódicos que un grupo importante de entrenadores deportivos de la Alemania comunista se van a ir a China. China está destinada a convertirse en una potencia mundial deportiva, sino de mi te acuerdas, a ti también te darían trabajo, sin duda alguna, ellos necesitan mucha gente como tu para sus planes imperiales.

Levantó la botella de cerveza, me miró fijamente y luego dijo: —Salud por la Alemania del Este. —Levanté mi cerveza y brinde con él, a continuación añadió: —Mira, con los pinches rusos no quiero ni madre, y China no me gusta, son otro pedo, son rarísimos; además, yo soy alemán, a lo mejor no te has dado cuenta lo que eso significa, cuando lo entiendas, entonces sabrás lo que estoy diciendo.

La cruda ya se me había pasado, ahora era una leve peda; el tipo era experto en varios rubros, entre ellos el fútbol; a veces me preguntaba: ¿estaría viéndome la cara de pendejo?, algo típico de los chilangos, pero le hablaba en francés y me contestaba en inglés, y luego en italiano, y como no sé ruso, albanés ni alemán, no sabía si creerle o no, pero la estábamos pasando bien.

Seguimos bebiendo.

—En el peor de los casos, sería un chilango políglota
—pensé.
—Oye, para ti, ¿quién o quiénes son los mejores espías del mundo, a poco el James Bond?

Me miró de arriba abajo, estuvo a punto de llamarme pendejo; se aguantó las ganas, todavía no me tomaba confianza, pero, con el tiempo, me diría cosas peores. Le dio un gran trago a la cerveza con coraje, y luego dijo: —Esa respuesta es demasiado fácil, te lo voy a contar ahora que ya todo terminó, ya no tiene caso cargar con tanto secreto: Cristo es el mejor espía de todos los tiempos, ya casi lleva dos mil años y ahí va a seguir por mucho tiempo más. No lo van a descubrir, porque Cristo no es hijo de Dios, sino del Diablo, y es el Diablo quien gobierna al mundo, y sábete una cosa, de una vez por todas, el mejor espía es aquel que pasa desapercibido, así de simple es; la espectacularidad es para las películas.

—Los rusos encontraron unos rollos en el Mar Muerto —continuó diciendo— los han mantenido en secreto; en Occidente son conocidos sólo parcialmente, la CIA le metió mucha lana y mucha gente, aunque logró sacar cierta información de valía, pero aún están muy lejos de tener toda la verdad. Tú sabes, los rusos son herméticos, esa escuela castradora, en la Siberia, los formó así. A mí no me hubiera gustado ir a esa escuela, creo que el Defe está mucho mejor.

—Algo he leído de eso, es parte de la literatura, y además es apasionante —le dije, y enseguida agregué.—

Mira en mi lejana juventud, allá por los setenta, leí Cien años de soledad de Gabriel García Márquez. En ese libro, en uno de sus innumerables textos, El Gabo —afirma—
el verdadero Dios está en un calabozo del infierno, mientras un demonio impostor es el gobernante actual del universo y sus contornos.

—La historia es, más o menos, esta: Cuando Luzbel y Belial y sus huestes se sublevaron en contra del Dios mismo, pues estos arcángeles querían erigirse en dioses, los cielos mandaron a Gabriel y Miguel para expulsarlos del paraíso terrenal; pero aquellos, muy dados a la intriga y al lobby, corrompieron de inmediato a Miguel y Gabriel, y no sólo no los expulsaron, sino, por el contrario, agarraron entre los cuatro arcángeles al verdadero Dios, y lo sumergieron en uno de los calabozos más profundos e hirvientes del infierno, y en su lugar pusieron al actual Dios, una deidad, a todas luces, espuria. Si tu quieres, es una tesis muy extraña, pero ¿podrías esperar otra cosa de Gabriel García Márquez?

—No, no, no es ninguna literatura —dijo Uwe Bruker muy enojado—, ojalá fuera sólo realismo mágico, pero no es así; la cosa es un poco más complicada. Cuando todo estaba bien chingón allá arriba, los demonios — que no eran otra cosa que ángeles inconformes— dieron un gran golpe de estado a los cielos, y por un tiempo las cosas resultaron bien; esa fue la época dorada, de ahí tanta pintura tipo Miguel Ángel. En ese tiempo, era muy fácil salvarse, condenarse era lo realmente difícil; bastaba quemar un corderito o a tu primogénito, como le sucedió a nuestro padre Abraham con su hijo Isaac, a lo mejor, tu hijo te caía bien gordo, pero no importaba, lo ofrendabas en el ara y te salvabas; bueno, hasta lo podías asar al fuego lento.

Con este régimen, como puedes ver, al cielo cada vez llegaban más y más ángeles, se corría el peligro de que el proceso se revirtiera, los ángeles comenzaban a ser mayoría. Los golpistas se empezaron a preocupar.

Era alemán —no cabía duda—, pues mientras yo tomaba una cerveza, él se aventaba tres; la mesa estaba llena de botellas vacías, el cantinero quería quitarlas, pero el no lo dejaba, algo muy típico de los alemanes. Se me quedó mirando unos instantes y luego continuó con su relato: —Entonces, al Estado Mayor de los infiernos no le quedó más remedio que mandar a Cristo, a su gran campeón, a la Tierra. Su misión era muy simple, demasiado simple; la estrategia ya estaba hecha desde mucho antes, él aplicaría con todo rigor las leyes de Moisés escritas en el Sinaí y, sobre todo, ocultar al mismo tiempo su verdadera identidad; él hizo del camino de la salvación algo tan estrecho, tan difícil —es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico se salve—, en cambio, al de la perdición lo hizo amplio y agradable, como una autopista rodeada de flores y comodidades.

—Te lo voy a decir por tercera vez, y espero te lo aprendas de una vez por todas, me hubiera gustado tanto darte un curso introductorio de espionaje,—esto lo dijo con un tono de superioridad, un poco paternalista.

—El buen espía es aquel que pasa desapercibido, y sólo le interesa cumplir bien con su trabajo, cualquiera que sea, para él todo es disciplina; claro, llegado el momento, deberá tomar decisiones importantes por sí solo, pero todo dentro de una línea. Hubo espías que
trabajaron en Occidente toda una vida para Alemania del Este, y nunca se dieron cuenta de ellos; señoras gorditas, inofensivas e insignificantes, simples amas de casa, y, sin embargo, para nosotros era personal de lo más selecto e imprescindible. El puto del James Bond, ese sólo es un espía de bisutería de Hollywood, una vil puñeta mental de un productor de allá, alguien entrenado para ganar Óscares. Nombre, si así fuera de fácil y bonito, ahorita hubiera aquí en México más espías que señores licenciados y ministros de la corte. Me gustaría ver al agente 007 en una cámara de tortura rusa; tu no conoces al gran Iván, ahí es donde tienes que cagar pa dentro, ahí es donde se ve el verdadero temple de un espía.

Los televisores seguían prendidos, pasando puras mamadas dominicales, le dije al cantinero que si no podía poner a Chabelo, mi programa favorito de fin de semana,
desde que era niño, mejor que apagara sus chingaderas; me mandó a la chingada, pero al rato las apagó.

—Sin olvidar tu pregunta —continuó diciendo el alemán— Cristo no tiene parangón en la historia del espionaje, nadie se puede comparar ni siquiera tantito con él.

Es cierto, la historia esta plagada de muy buenos espías, y no necesariamente alemanes, incluso hasta mujeres como ya te dije antes; ahí tienes a Matahari y a Dalila, la filistea, con sus encantos se chingó al Sansón; pero donde está Cristo, ahí no cabe comparación alguna, él siempre ha sido mi ídolo, mi inspiración, mi chanoc. Los gringos no son muy buenos, son demasiado cuadrados, demasiado ortodoxos; la gente se va con la finta, es ahí donde nace el mito de Holywood. Tienen de sobra recursos, y cuando digo recursos, realmente estoy hablando de cualquier cosa: dinero, tecnología, armas, lo que sea; ellos lo tienen todo, y de sobra, pero aun así, algunas veces les ganábamos. A los ingleses, sus dos cartas fuertes se les murieron en el siglo pasado: el señor Holmes y mister Chesterton. Aunque tuvieron un repunte a mitad de este siglo, cuando la necesidad los obligó a enfrentar a la Alemania nazi. Los chinos y los rusos son muy disciplinados; a los espías rusos les decían, allá en la Siberia, donde estaba el cuartel general de la KGB, —Cristo fue vejado, torturado, muerto, y nunca tuvo un asomo de duda en su papel, sed como él—. Los rusos son buenos a medias, y los chinos, bueno, esos están locos.

Salimos del Chivas, más bien nos corrieron, ya era medianoche. Recordé que, por la mañana, había entrado al bar a tomarme sólo dos cervezas y un caldito, para curármela, y ver un rato el fútbol. Estábamos bien pedos; al otro día tenía que ir a trabajar, y si hay una cosa que aborrezca, es la de trabajar crudo, y aunque he jurado una y mil veces no volver a hacerlo, lo sigo haciendo Hacia frío. Arriba, una luna llena deshilachaba las nubes para iluminarnos; caminamos por Ocampo, a media calle, sobre sus adoquines no había carros, rumbo al jardín de San Francisco; llegamos a Aranzazú, estaba solo. A Uwe le gustó la plaza; se le quedó mirando un buen rato, luego seguimos por el callejón solitario.

A Uwe le encantó la cantera, decía cosas acerca de ella.

Llegamos al jardín, las luces mortecinas le daban buen aspecto; nos subimos al borde de la fuente y nos meamos en ella, en su agua clara; luego nos despedimos.

Ya para entonces sabía algo de alemán: —Auf wiedersehen, —le dije. —Hasta siempre comandante —me contestó en un perfecto cubano de la Sierra Maestra; tardé muchos años en comprender esta última frase.

Por la esquina de Vallejo y Guerrero venía un taxi. Corrí por la mitad del jardín para interceptarlo, lo tomé en Vallejo y Universidad; abrí una de las puertas de atrás, mientras le daba mi dirección al chofer, me arrellané en el asiento en tanto me decía:

—Ese cabrón, a mí no me la pega, es un chilango políglota; eso sí, con mucha imaginación, me estuvo viendo la cara de pendejo todo el tiempo. Después me olvidé de
él y de su plática, bueno, los puse en stand by en algún lugar recóndito de la memoria, así como muchos años antes había puesto el texto de García Márquez durante mi juventud.

Tenía que pelearle a la vida cada instante de supervivencia, como para andar malgastando el tiempo en pendejadas, en pláticas de cantina.

 

Todos los cuentos del Doctor Barbahan pueden consultarse en: http://dimensionbarbahan.zonalibre.org/