Por: Silvia Cruz
Siguiendo la ruta cumpleañera septembrina que me he impuesto, llegue asoleada y con mucha sed a una de mis cantinas favoritas, el Bar Tampico.
Ubicado en la calle de Los Bravo, y tan jovial como siempre, el Bar Tampico es parte de la fisonomía citadina desde 1941 cuando un hombre de ascendencia oriental, Rafael Lamm abrió sus puertas, y junto con su hermano montó una ostionería y una accesoria que complementaba el servicio.
Reducto de burócratas, oficinistas, abogados, empleados y comerciantes del centro histórico, entre muchos otros personajes ilustres, es atendido por un perfecto gentleman en barra, el abogado Luisito y por la tarde noche por el Güero.
La simpática y enamorada Karola llega con las chelitas bien frías, excelente anfitriona atiende con gracia sus mesas, rápida e inteligente, contesta con rapidez e ingenio a las bromas de los parroquianos, que no le ganan una.
Su actual propietario Pablo Alonso, con gran creatividad convirtió el Tampico en toda una experiencia culinaria en las alturas, pues habilitó la cocina en lo que podría ser una alegoría de la Divina comedia del poeta florentino Dante Alighieri, pasando de lo sublime al inframundo, de la cocina al sótano que aseguran forman parte de esos misteriosos pasadizos del centro, que conectan templos y casas.
Como toda cantina que se respete a tenido grandes personajes que van tejiendo historias y sucedidos, actores de renombre, músicos y escritores han pisado su espacio, pero hay uno en particular que dejo honda huella, por su personalidad, y altura de miras en el tema cultural.
Arisco como buen potosino, pero querendón ya pasado el primer descolón e instalado en el nivel que da la confianza Enrique García Blanco era un personajazo, generoso de plática desgranaba lo mismo un tema de gastronomía que de arte barroco, como buen sabiondo lo enervaba la ruindad y el olvido de ese San Luis que como agua se nos ha ido de las manos ante la indiferencia institucional.
Viajero incansable, toco cuanto camino o vereda le fue posible, en pos de la belleza y la armonía estética de todas las bellas artes, economista de carrera se especializo en Historia del Arte mexicano para más tarde emprender en la UNAM en el Instituto de Investigaciones Estéticas la maestría en Historia del Arte en la que siguió la línea de investigación en arte virreinal que le apasionaba.
Lo conocí muy jovencito, casi un niño, cuando fue alumno de historia del arte en Difusión cultural de la UASLP de la maestra Carmen Valdés, trabó una amistad con mi Madre por el resto de vida de mi progenitora, tal como lo adopto también la maestra Carmen, o sus profesoras e investigadoras de la UNAM porque era muy simpático aquel jovencito espigado que hablaba con tal aplomo como el más docto en la materia de estípites, columnas salomónicas, lienzos y esculturas…
Así lo conocí antes de que a ambos nos volviera a juntar el trabajo, los gustos afines incluida la visita a las cantinas del centro histórico, lo único que no compartimos y vaya que aguantaba carrilla con el tema, era su gusto por levantarse a las cinco de la mañana, caminar e irse a nadar con una puntualidad inglesa aterradora.
Pasamos noches enteras en el ático de la casa de Hospicio Altamirano, un maestro con el que se peleaba un día sí y otro también, en acaloradas discusiones sobre la vida, la política, el arte o lo que se ocurriera en el momento… a tragos de ron o brandy despertando a los vecinos con canciones de Lucha Villa en la que disfrutaba del vozarrón de Hospicio, y soportaba los aullidos de Quique al que Diosito no llamó por ese camino, con los primeros rayos de sol corríamos a nuestras obligaciones la más de las veces en vivo…
Con los años, toda aquella biblioteca andante que era Enrique García se regaló a decenas de turistas y público en general que quiso escuchar la fascinante historia de un centro histórico que es como un museo a cielo abierto, luego si nos encontrábamos en el jardín de San Francisco o en el Tampico seguía la tertulia.
Dejo un legado enorme y una tristeza irremediable por su perdida en muchos parroquianos de esta cantina, quienes seguían sus pláticas lo mismo el bolero de la plaza, que el vendedor de cachitos de lotería o el instruido maestro, todos hechizados por sus relatos… con él reconocimos una placa, un detalle, un bello trabajo de herrería, la cantera parecía que le susurraba…
Dejo vasta obra que parece ser gracias a su hermana verá la luz, una riquísima biblioteca y un San Luis que ya se fue en su “San Luis Potosí en la obra de Francisco de la Maza: antología crítica” .
Aun lo veo todo cortesía, todo educación, viendo desde una ventana del antiguo convento carmelita, devenido en Museo del Virreinato reinventando su pasión por el arte barroco y la herencia novohispana para llegar a contarla de manera digerible y alegre con un buen trago ante su auditorio cautivo de cualquier ralea en el Bar Tampico.











